La tremenda lucha y no tan sorda que se libra en México entre grupos delincuenciales organizados y los nuevos que aparecen aquí y allá a diario, por esa crueldad desmedida que asoman, es y será no únicamente un reto y desafío, sino la mayor batalla que se avecina al nuevo gobierno y a la sociedad entera.

De ello dependerá en buena medida la consolidación y el desarrollo que impulse el presidente electo Andrés Manuel López Obrador, su gabinete –del que tanto se espera- y su mismo mandato, esperemos, democrático y plural, más allá de la mera retórica y de acciones previas que parecen subordinar el poder económico al político, con lo del aeropuerto en Texcoco y que más allá de golpes de timón o como se llamen costará la friolera de 100 mil millones de pesos que saldrán del mismo erario.

De ahí se desprenderán además los avances en materia de crecimiento económico, empleo, infraestructura, educación, salud y servicios, las grandes esperanzas del México ahora de 130 millones de personas disímbolas con sus expectativas y necesidades personales y sociales

Más que opiniones aisladas y conocidas, es preciso insistir en los hechos que nos acometen como nación tanto en lo interno y en la sociedad global que ahora se vive e impone sus propias reglas.

¿Cómo enfrentar esos grupos de delincuencia organizada y sus múltiples ramificaciones? ¿La otra delincuencia común que también afecta severamente?

Los presidentes de la República actúan según la sensibilidad que ostenten, conocimientos y equilibrios de poder de la que son actores y a veces parte.

Si Felipe Calderón declaró la guerra al narco algunas razones de peso, asesoría y certeza, amén de sus facultades legales, asumió. Los resultados son conocidos de sobra y fueron más desaciertos que los tinos, incluidos aspectos de los derechos humanos y la multiplicación de los desaparecidos y un ejército que salió, indebida e innecesariamente, a las calles, carreteras, caminos, sierras y mares.

A Peña Nieto tampoco le dieron resultado sus políticas de continuidad de esta guerra porque se pulverizaron, se multiplicaron los grupos, el dinero corrió, el número de muertos y desaparecidos se incrementó a más de 120 mil en el periodo y de las averiguaciones y aplicaciones de ley poco se sabe. Y vaya que hubo recursos públicos en tales políticas.

Hace un par de días una noticia llamó la atención y no por desconocida: Diariamente, cerca de dos mil armas ingresan territorio mexicano por la frontera con Estados Unidos, y terminan en manos de la delincuencia organizada, lo que incrementa su poder letal, dijo en la UNAM el comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales.

Y siguió: Éste es un factor que ha contribuido al incremento de homicidios con armas de fuego en nuestro país, que pasaron de tres de cada 10 en 2006, a siete de cada 10 en la actualidad, expuso al participar en el Encuentro Académico sobre Prevención de la Violencia Armada y Delitos Relacionados con Armas de Fuego, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ).“Estados Unidos cuenta con la mayor cantidad de armas en el mundo, tiene más armas que habitantes: más de 300 millones de armas, y la mayor parte se concentra en los estados fronterizos con México: California, Arizona, Nuevo México y principalmente Texas”, expuso.

Esto de antología: “Armas, dinero ilegal, tráfico de personas y drogas utilizan los mismos pasos fronterizos. Estados Unidos pide que apoyemos su política migratoria, y nosotros que apoyen con la política de armas. Es irónico, pero es mucho más sencillo comprar un arma larga que un jarabe para la tos: para adquirir el jarabe se requiere receta médica, y para un arma, nada”, insistió Sales.

Por supuesto el gobierno de México solicitó formalmente una comisión binacional que atienda migración y control de armas y dinero, desde Echeverría y hasta la fecha, nada, y ahora con Trump no se sabe.

De ahí que la llamada Secretaría de Seguridad próxima a crearse, tendrá, más que trabajo. La de Relaciones Exteriores, ni se diga.

El asunto es más que un jarabe para la tos.

Atraques:

1: Más allá de las consideraciones de orden político válidas ya del presidente electo Andrés Manuel López Obrador, salta a la vista algo y como interrogante: el crecimiento desmedido de la megalópolis y un aeropuerto en una de sus puertas aún naturales como es el otrora lago de Texcoco y que traería un crecimiento sobre otro crecimiento.

2. Si algo urge en el país es capacitación en el transporte. Es una actividad socorrida para muchos ninis que pueden vivir de ese auténtico oficio, aunque también a los empresarios. Hay transportes de carga de 10 toneladas a las que le echan 15 o 16; otros más pesados de 20 hasta 30. Y las carreteras, sin palabras.

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