La época actual es multipolar y se enmarca en una guerra multidimensional, donde los conflictos atraviesan todas las áreas de la condición humana, tanto en lo físico como en lo inmaterial. Ya Huntington habló del choque de civilizaciones, pues señaló que la cultura y la identidad colectiva serán el principal campo de batalla del orden mundial contemporáneo. Sin embargo, la lucha presenta flancos militares y, simultáneamente, se militarizan la economía, las finanzas, la tecnología y la psique.

En esta Tercera Modernidad, la soberanía se defiende en bloque, como indica Dugin, señala que la soberanía no es sólo un principio jurídico del Estado moderno, sino una categoría civilizatoria, metafísica y geopolítica, rompe con la idea liberal-westfaliana clásica. La soberanía es la capacidad de una civilización para ser fiel a su propio logos.

Simultáneamente, la integridad personal exige pensar y pensarse; es decir, reflexionar, criticar y observar desde la mesura como un acto de defensa propia. Como sociedad y como nación, el principal activo es la cultura y la civilización. La búsqueda y la honra de las raíces propias, tanto en lo individual como en lo colectivo, resultan hoy imprescindibles. La condición histórica y la historia misma se vuelven necesarias para conservar el centro, la identidad y la paz interior.

La historia tiene poco más de seis mil años; la historicidad humana, en cambio, es mucho más antigua. Este devenir ha sido, en gran medida, la progresión de la guerra, el conflicto y la violencia, aunque no se reduce únicamente a ello. La historia nace con la escritura, falazmente asociada de manera exclusiva al origen sumerio: sólo hay historia si un pueblo registra su cultura, sea esta previa o no a la antigua Sumeria. De forma colateral, resulta imprescindible el reconocimiento y la honra de la historia familiar y personal para enfrentar la vorágine de narrativas propias de esta Tercera Modernidad y no ser presa -o al menos no tan fácilmente- de los nuevos metarrelatos del Deep State, evidentes en las narrativas publicitarias y propagandísticas maximizadas por los algoritmos de las redes sociales. Estas narrativas se fundan en el binomio validación-carencia y constituyen conformaciones culturales.

La cultura es la modificación humana del entorno y de la propia condición existencial de la especie, transformándola en persona -no por ello necesariamente sana o funcional-. Con frecuencia, de manera errónea, se ha confundido la cultura con el arte, la bondad o lo valioso, así como con la vida sedentaria y la agricultura. La delincuencia y la bajeza también son cultura; existen culturas nómadas, como la mongola o la chichimeca, y la guerra misma es un fenómeno cultural.

La guerra es multidimensional: es un choque militar, pero también puede ser cultural. Cuando se presentan estos dos escenarios de confrontación, cabe entonces preguntar: cuando dos Estados colisionan, ¿quién gana: el que triunfa en lo militar o el que se impone en lo cultural?

Noción de cultura y civilización

La cultura, al ser la modificación humana del entorno y de la propia condición existencial, se manifiesta por su carácter simbólico, entendido este como convención o asociación representativa y expresiva de una entidad que provee una determinada forma de ver el mundo.

Los símbolos se manifiestan en todo aquello que se transforma del entorno y, al mismo tiempo, son los insumos para generar dicha transformación. Así, la cultura es tanto obra como herramienta -tangible o no-. No resulta extraño, entonces, que una obra, o parte de ella, se convierta en parte de otra obra; tal acto constituye una forma de violencia. Esto ocurrió, por ejemplo, con la reutilización de las piedras de los edificios de Tenochtitlan durante la refundación y reedificación de la Ciudad de México como capital de la Nueva España. En este sentido, toda edificación implica violencia.

Ahora bien, no toda cultura nace de una condición natural, pues puede estar precedida por otra obra o capa cultural. En efecto, la primera capa cultural se posa sobre la naturaleza; la segunda, sobre la cultura misma. La realidad humana emerge de la realidad natural y la trasciende.

En la actualidad, las cadenas de suministro -globales, regionales o locales- muestran que algunas empresas, especialmente en el ámbito tecnológico, mantienen un contacto mucho menor con el mundo natural que aquellas del sector primario. Aun así, la cultura sigue siendo una delgada corteza sobre el vasto mundo de la phýsis. En este sentido, se es más natural que cultural.

La cultura es saber, tecnología y objeto, pero, ante todo, es una forma de vida colectiva. Esta forma de vida muta en civilización. La civilización es el sistema de costumbres, saberes, conocimientos, creencias, instituciones y manifestaciones culturales que orienta las formas de vida de la sociedad y del individuo, presentando un alto grado de complejidad en su organización política, económica y social. Así, hablamos de la civilización sumeria, egipcia, griega, india, romana, hispana, mexica o tolteca; en efecto, unas han sido mayores que otras, pero todas suponen una cosmovisión colectiva, dinámica, milenaria y transgeneracional.

Si bien toda civilización genera estructuras de gobierno, legales, religiosas y administrativas, así como desarrollo estético, artístico, científico y tecnológico, no es equivalente al Estado ni al gobierno. De hecho, hay Estados que condensan civilizaciones y existen civilizaciones sin Estado, así como potencias sin grandes civilizaciones, como ocurrió con el Imperio mongol de Gengis Kan o con el romano, que, siendo potencias militares vencedoras, a la postre fueron conquistadas culturalmente por los vencidos: los persas y los chinos, en un caso, y los griegos, en el otro.

Más aún, las civilizaciones muertas pueden conquistar a las vivas, como ocurrió con los toltecas -ya extintos-, que conquistaron culturalmente a los aztecas vivos, quienes más tarde serían conocidos como mexicas. Los romanos veían en Esparta -la de Licurgo y Leónidas- un referente para su obrar; Julio César tuvo como modelos a Filipo II de Macedonia y a Alejandro Magno, así como Aquiles lo fue para el propio Magno. De este modo, la civilización trasciende los sepulcros y las noches oscuras del tiempo.

La cultura se manifiesta en todo lo hecho por la persona; la civilización, que es un hipersistema cultural, se revela en expresiones existenciales mediante símbolos petrificados, consumidos y experimentados, que trascienden el tiempo histórico y el espacio geográfico, viajando de generación en generación. La civilización no está exenta de violencia, vejaciones y barbarie, pero no equivale al salvajismo.

La civilización se arraiga en el inconsciente colectivo y se manifiesta en la vida cotidiana: otorga identidad y sentido de pertenencia. Es la obra cumbre de la cultura, pues condensa tanto la luz como la oscuridad de un pueblo que se erige como faro de referencia simbólica.

Salvajismo y barbarie

El salvaje es aquel humano que ha crecido sin ser cultivado, no está domesticado; sin embargo, todos poseemos un lado salvaje. Este salvajismo es violencia natural ejercida sin el tamiz cultural: nuestros propios impulsos vitales y primarios.

En oposición, el bárbaro suele entenderse como quien carece de cultura o civilidad y presenta fiereza y crueldad. Desde la etimología, además, remite al “extranjero” o “ignorante” que no hablaba griego. Sin embargo, la barbarie es un producto de acciones sistematizadas de esa misma tendencia violenta y destructiva mediada por la cultura. Así, toda barbarie es violencia, pero no todo acto violento es barbarie. Mientras privar de la vida al otro es salvajismo cuando no hay cultura, hacerlo intencionalmente mediante dispositivos culturales es homicidio doloso o genocidio. Tampoco un acto culposo o consentido, siendo violento, constituye barbarie, como ocurre en una acción imprudente o en el deporte de contacto.

Resulta falsa la afirmación de Rousseau sobre la existencia de un “buen salvaje”: la bondad y la maldad son humanas y culturales, pues son valoraciones situadas fuera del mundo de la phýsis. La barbarie nos hace humanos, aunque el pensamiento lerdo o la hipocresía la califiquen de inhumana. Nada de lo humano nos es extraño, ni siquiera la simulación.

La barbarie es hija de la cultura y, cuando esta asciende a la civilización, se vuelve más sofisticada, más brutal y más efectiva que el salvajismo. La barbarie no se mueve por el placer; de ser así, estaríamos ante neurosis o psicosis. La barbarie se mueve por el interés y la eficiencia. El exterminio genocida de las naciones indias a manos de los colonos ingleses -por órdenes y bajo la protección de la Compañía Británica de las Indias Orientales y, posteriormente, del gobierno de Estados Unidos en su primer siglo de vida independiente-, los campos de concentración nazis o el actual exterminio sionista sobre la población de la Franja de Gaza lo evidencian: la barbarie no es salvajismo. En los tres casos subyacen intereses económicos. Es el interés -económico, geoestratégico o político- lo que está en la base de la barbarie.
La tortura y las ejecuciones públicas a manos de instituciones gubernamentales, religiosas o civiles -ya sean legales, extrajudiciales o abiertamente delictivas-, como los actos de fe católicos, la quema de brujas por protestantes, las ejecuciones del narcotráfico en México y Colombia, o los actos genocidas del batallón Azov, muestran la espectacularidad de la violencia bárbara. Esta teatralidad no busca placer: su intención es aterrorizar. Es una estrategia de dominación orientada a garantizar intereses.

Existe, además, otra forma de barbarie: aquella que se ejerce al amparo de lo clandestino y cuyo objetivo es quebrar la moral para alcanzar propósitos específicos. Esta barbarie opera en secreto, pues se ejecuta de manera cuidadosa, reservada y sigilosa. Hacerla pública destruye su efectividad o, al menos, la daña gravemente. En efecto, la barbarie es imposición: una violencia cultural que pretende la unilateralidad para salvaguardar intereses concretos.

La barbarie invisible

La barbarie invisible se ejerce sobre la mente; es otra forma de nombrar la guerra mental. Se trata de la modalidad más efectiva y sutil de violencia cultural. Mientras la barbarie espectacular se presenta como una escena -digamos, dantesca- encaminada a infundir terror de manera notoria y colectiva, la barbarie secreta se oculta y se dirige a un destinatario concreto. Estas dos manifestaciones tienen como instrumentos el dolor y el sufrimiento para romper la moral y quebrar el espíritu, como ocurrió en el bosque de otomanos empalados por Vlad Țepeș en Valaquia, o en las ejecuciones extrajudiciales y la desaparición de cuerpos en los confines de una selva.

Así, la barbarie puede ser espectacular o secreta; sin embargo, existe otra forma que está presente, controla y no se ve. Las tres tienen en común la disminución de la voluntad y el mantenimiento de un orden establecido. La barbarie no es otra cosa que violencia cultural, que perfecciona la letalidad y la capacidad de dañar. Barbarie y civilización son dos caras de una misma realidad.

La barbarie invisible se dirige a todos y se centra en la estructura psíquica: busca sesgar la psique y la percepción. Su forma más eficiente consiste en encadenar mediante el placer y otorgar una sensación de validación; con ello se rompe la moral y se quiebra el espíritu. Esta barbarie, paradójicamente, se desea.
Hoy, en esta Tercera Modernidad, las formas de control y violencia se perfeccionan mediante las redes sociales y la inteligencia artificial, haciendo del ciberespacio un medio para la introyección de valores culturales. Desde ahí, las narrativas descienden hacia las mentes, chocando entre sí y contra las certezas de los usuarios, generando formas existenciales de relación con los otros y con uno mismo. Se trata de sujetos ávidos de validación, donde se evidencia un deseo frenético por el “me gusta”: una conducta rígida, propia de la neurosis de un eterno niño, una pandemia creciente, una auténtica guerra mental. Este choque psíquico produce colapsos emocionales, cognitivos y existenciales, en los que la batalla cultural se revela, en su núcleo, como una guerra mental.

El triunfo militar

En el arte de la guerra -que no excluye la aniquilación- resulta preferible la dominación. Esta no se logra únicamente mediante las armas, ni por la barbarie espectacular o secreta; requiere, de manera simultánea, de esa otra violencia invisible y de la capacidad de enfrentarla. Históricamente ha triunfado en el largo plazo el Estado que posee la mayor civilización, que el Estado militar dominante, sino la civilización que lo contiene o lo trasciende. Un Estado puede vencer en guerras, imponer orden, expandirse o someter durante décadas -a veces siglos-, empero si el Estado dominante no encarna una civilización viva, termina agotándose. El poder militar conquista, pero no funda sentido.Sin embargo, hoy la variable del ciberespacio, con sus redes sociales y las tácticas de la guerra mental, muestra un poder crucial. De tal forma, una cultura puede derrotar a una civilización.

Derrotar al adversario en los dominios de la guerra espacial, aérea, marítima o cibernética, sin el control terrestre, constituye un fracaso. El control del territorio puede ser efectivo mediante el uso de armas convencionales; en el corto y mediano plazo, dicho dominio puede representar un triunfo para la potencia armamentísticamente más eficaz. Pero, a largo plazo, cabe preguntarse: ¿qué permite sostener esa hegemonía y mantener el triunfo?
La victoria militar puede devenir, a la postre, en una derrota civilizatoria. Por ello, hoy, tanto en la filosofía como en las ciencias de la guerra, así como en las doctrinas militares y geopolíticas, está presente el concepto de guerra mental, pues la mente se ha convertido en un dominio a conquistar.

Lo que permite la hegemonía y la permanencia del triunfo es la destreza y la eficiencia en las estrategias y tácticas sustentadas en una comprensión multidimensional de la guerra, del Estado, de la civilización, de la cultura y de la persona.

Algunas conclusiones

La cultura constituye la condición artificial y transformadora de la humanidad; la civilización, su forma más compleja y duradera: un hipersistema cultural que otorga sentido, identidad y orientación existencial tanto al individuo como al pueblo. No todas las culturas devienen en civilización, ni todas las civilizaciones logran sostenerse en el tiempo. Existen jerarquías civilizatorias, y la historia demuestra que una cultura puede erosionar, e incluso destruir, una civilización milenaria.

La barbarie no es lo opuesto a la civilización, sino uno de los productos más sofisticados de la cultura. No se define por el dolor ni por el sufrimiento que inflige, sino por el interés y la eficiencia con que ejerce sistemáticamente la violencia. En la medida en que la cultura se complejiza y asciende a civilización, la barbarie se perfecciona: se vuelve espectacular, secreta o invisible. Civilización y barbarie son, así, dos manifestaciones de una misma realidad histórica.

En la Tercera Modernidad, la batalla cultural se inscribe en una guerra de civilizaciones donde la fuerza militar continúa siendo decisiva, pero ya no suficiente. El dominio de la mente -a través de narrativas, símbolos, tecnologías y dispositivos de validación- se ha convertido en un campo estratégico central. La guerra mental emerge como la forma más eficaz de dominación, pues no conquista territorios: moldea voluntades.

Estados con una profunda raigambre cultural y civilizatoria, como México, enfrentan hoy el desafío de reconocerse y revalorarse sin caer en el chovinismo ni en la negación de su propia complejidad histórica. La soberanía cultural no se decreta: se encarna en la vida cotidiana, en los hábitos, en la memoria y en el sentido compartido de pertenencia.

En este escenario, pensar y pensarse no es un lujo intelectual, sino un acto de defensa legítima. La reflexión crítica, la conciencia histórica y la mesura se vuelven formas elementales de resistencia frente a la barbarie invisible. En última instancia, la batalla cultural no se libra sólo entre Estados o civilizaciones, sino en el interior de cada persona.

En fin, ¿usted qué piensa?