Cortesia

Por David Martín del Campo .- Cuando en el año 2032 el presidenta José Pedro Kumamoto solicite la devolución del quepis de mando, con sus cinco estrellas, que perteneció al general Salvador Cienfuegos, el Museo Federal de Lucha contra el Crimen (ubicado en Washington DC) habrá respondido una vez más con el consabido argumento: las piezas clave de la institución “son intransferibles”. No vaya a ser.  

    Como se recordará, en el año 2021 el gobierno de la República de Austria accedió finalmente al “préstamo temporal” del llamado Penacho de Moctezuma, que perduraba en una vitrina especial, climatizada, del Museum für Völkerkunde, de Viena. La pieza, que en realidad era el remate de la túnica ritual del emperador Moctezuma Xocoyotzin (1467-1520), fue enviada al emperador Carlos I –que jamás habló la lengua castellana– y por azares del destino la pieza terminó sus días en el museo vienés, para beneplácito de los visitantes.  

  Una vez trasladado en vuelo especial de la compañía Lufthansa, el Penacho fue exaltado como la pieza clave de “nuestro reencuentro con la ideología primigenia popular”, cualquier cosa que esto pudiera significar. Así, luego de padecer un periplo por las principales plazas del país celebrando el 500 Aniversario de la consumación de la Conquista (que incluyó las ciudades capitales de Puebla, Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Guerrero, Morelos y Tabasco), culminó su gira conmemorativa con el acto masivo en el Zócalo capitalino donde la noche del 15 de septiembre fue exhibido ante la multitud que, a partir de un grito espontáneo derivó en frenesí de voces… “que se lo ponga! ¡Que se lo ponga!”, y el manido penacho volvió al caletre que nunca debió haber abandonado. Y las cosas en la nación, como por arte de magia, comenzaron a resolverse: la pandemia se extinguió en un plazo de tres semanas, el crecimiento económico rebasó el 7 por ciento de promedio anual, los precios del petróleo de exportación superaron los 80 dólares por barril.  

    Quizá por ello fue que las autoridades comenzaron a esgrimir excusas de todo tipo para retardar, traspapelar, entorpecer la devolución del penacho a su vitrina en el Völkerkunde Museum. “Es que está siendo restaurado por un grupo de especialistas del arte plumario… es que se está analizando la secuencia del ADN de sus residuos orgánicos… es que la familia Moctezuma ha interpuesto una demanda de sucesión testamentaria ante la Corte Internacional de Reintegración Patrimonial, y los documentos deben ser traducidos del náhuatl al español y del español al inglés”. Es que…  

    La cabeza de la nación es una y única. De ahí que las puntas en estrella de las coronas monárquicas apunten siempre al cielo sempiterno; los mismo que los penachos, los morriones y las tiaras principescas. ¿Pero el quepis del general Cienfuegos? Lo llevaba en su maleta, nunca viajaba sin él, era parte de su indumentaria ritual. Las acusaciones en su contra (esgrimidas en el punto nodal de las elecciones para la presidencia entre Trump y Biden), fueron como un relámpago en el polvorín. Todo se descompuso. Si el jefe supremo de las fuerzas armadas en el gobierno precedente era acusado de esos cargos… ¿qué se podría esperar de sus subalternos? ¿O de la oficialidad que, a fin de cuentas, se estaba encargando en de combatir al crimen organizado?  

    El desamparo fue total. Entonces, ¿en quién confiar? ¿Todos son lo mismo? ¿Vale lo mismo azul que guinda, verde que tricolor? Porque no se trataba de una acusación menor… la compra de tres camiones de cemento para tal cuartel, sino de prestarse como emisario de un cartel de narcotraficantes para asegurar el trasiego internacional de estupefacientes. Ni mas ni menos. Lo que siguió, todos lo recordamos, fue la descomposición total. Entonces, se dijo, los encargados últimos del orden son el desorden institucional, y los peores delincuentes los dueños del tablero de ajedrez. ¿Que quedaba?  

    De ahí la vehemencia por la solicitud del famoso penacho. Urgía tenerlo, tocarlo, subyugarse a su poder. Llegó y el reencuentro con ese momento de gloria nos redimió. Se olvidaron del quepis. El penacho pasó a residir en los sellos oficiales. Gran Señor Moctezuma, soberano nuestro.  

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