por Gumii Cobix

Siempre he creído que soy buena para irme. No sé en qué momento aprendí a meter mi vida entera en una maleta, pero el punto es que se volvió mi talento oculto. “¿Mudarte otra vez?” Claro, sin problema. Empacar, cambiar de ciudad, conocer nuevas calles y fingir que no me da ansiedad… ese es mi superpoder.

Dicen que mi generación le teme al compromiso yo creo que, en mi caso particular, el problema nunca ha sido comprometerme. Yo digo que a lo que realmente le tememos es a quedarnos en un solo lugar, porque quedarse implica enfrentar cosas que no puedes meter en la cajuela del coche. Cosas como tus emociones, tus vacíos, tus ganas de salir corriendo cuando algo se pone difícil.

De mi papá heredé el amor por la aventura (y también el mal gusto musical, pero eso es otro tema). Recuerdo viajes donde la cama era el asiento trasero, la cena eran papas y coco comprados en el camino, y el soundtrack eran conversaciones profundas con mis papás mientras el coche se convertía en nuestra cápsula del tiempo.

Ahí hablábamos de todo: ese era el recinto donde hablábamos de los planes a futuro: qué carrera iba a elegir, en qué ciudad iba a estudiar, cuándo les presentaría a mi novio de aquel momento y a quién le tocaba cuidar a mi abuelita en el hospital.

A los 18 tomé mi primer gran carretera emocional. Me subí a un coche con mis papás, rumbo a mi nueva vida. Dos maletas, cero experiencia y muchas ganas de comerme al mundo. Ellos volvieron a casa sin mí, y casi puedo imaginar esa charla entre risas y llanto de mis papás al volver, por otro lado yo me quedé con una mezcla de miedo y emoción que no supe procesar… así que fingí que todo estaba bien (spoiler: no lo estaba).

Pasaron los años, los cambios de ciudad, los reinicios emocionales, las decisiones impulsivas tipo “me voy a mudar porque puedo”. Hasta que, hace dos años, decidí hacerlo de nuevo. Pero esta vez algo cambió. Éramos cuatro en el coche y solo yo me quedaría. Tenía 27 años, más experiencia, más cicatrices y muchas menos ganas de seguir corriendo.

Entonces me pasó algo rarísimo: quise quedarme.

No por falta de opciones. No porque la renta estuviera barata. No porque ya me hubiera cansado de empacar. Quise quedarme porque por primera vez me di cuenta de que yo también merezco estabilidad, pertenencia, y un hogar que no quepa en una maleta.

Y claro que me dio miedo. Porque me acostumbré a resolver sola, a sobrevivir, a correr cada vez que algo se complicaba. Pero quedarse también es una forma de valentía. Y qué fuerte suena eso, ¿no? Valiente es la que se queda. La que ya no huye. La que arma una vida que no tiene que desarmar cada seis meses.

Hoy decido quedarme. No porque ya sepa qué estoy haciendo (spoiler 2: sigo sin saber), sino porque tengo ganas de construir algo que no tenga ruedas. Porque ya me cansé de empezar de cero. Porque en mi maleta no caben las personas que quiero tener cerca. Porque quiero vivir algo más profundo que un “vamos viendo”.

Así que sí, hoy me bajo del coche. Me saco la maleta de la espalda. Y empiezo a construir mi hogar, uno que no pueda llevarme conmigo. Uno donde pueda quedarme… incluso cuando todo me diga que es más fácil correr.

Dedicado a: mi nuevo hogar