POR: Francisco L. Carranco.- Asombroso y, quizás, hasta triste se puede calificar el desaguisado en el que se vieron envueltos elementos del Ejército Mexicano sometidos, vejados y humillados por una turba de pobladores de la Huecana, que los desarmaron y obligaron, bajo amenazas, a comunicarse con el mando inmediato superior para devolver armas que unas horas antes habían decomisado en un operativo.

¡Sorprendidos! Los militares no pudieron hacer nada para enfrentar el problema de la agresión de los pobladores que, una vez más, como población civil manipulados por la delincuencia organizada, instrumentaron la subversión contra los soldados; la cadena de mando superior optó por devolver las armas para evitar un conflicto mayor y poner en riesgo la vida de los militares y alguno que otro ciudadano de la Huecana, en el estado de Michoacán.

La decisión estuvo bien, se resolvió la tensión que hubiera provocado la reacción de militares que recibieron, quizás, una de las mayores ofensas por no prever situaciones de riego colaterales o adyacentes en los operativos de despistolización de civiles y de delincuentes que se mezclan con la población para que, ante la invisibilidad de los maleantes, manipulan a la muchedumbre para desafiar a la autoridad.

Las tácticas militares están estipulada en un manual que es la guía de desempeño de los Soldados, que se rigen por protocolos para enfrentar las posibles situaciones de escenarios peligrosos en los que se pudieras observar envueltos, como fue el caso de Huecana, Michoacán, donde los militares realizan operativos de vigilancia y “seguridad” para dar certeza a los pobladores.

Sin embargo, y por lo que pudimos observar en los reportes informativos de los medios de comunicación, esas regiones de la Tierra Caliente, infectados por la delincuencia organizada y criminales que se confunden con los parroquianos del pueblo, la fuerza militar considera que con la simple presencia de los soldados en las acciones preventivas serán suficientes para que la población y los delincuentes se inhiban en las comisiones de delito o eviten acciones que violen el operativo de seguridad instalados en las carreteras, caminos o en la propia ciudad.

12 soldados fueron los responsables del operativo de las armas y confiados, por portar el uniforme militar, seguían, suponemos, realizando la revisión de los vehículos hasta que llegó el auto que salió positivo con armas, entre ellas, una Barret, considerada de excepcional peligro porque la fortaleza de su accionar porque es capaz de derribar un helicóptero en pleno vuelo.

Los militares incautan las armas, aunque no se sabe en qué condiciones, si fueron uno, dos o tres o un grupo de personas en algún vehículo a los que les requisaron las armas, suponemos que el decomiso no implicó la detención de ningún individuo, por portación ilegal de armas, aunque es delito y dejaron ir a los delincuentes que se fueron a reagrupar trayendo como escudo a población civil y a varios o muchos delincuentes infiltrados en la muchedumbre.

Acto seguido, los soldados, no prevén que a quienes les quitan las armas, pues son delincuentes, porque ningún ciudadano que se dedique a actividades dentro de la ley podrá tener en su casa una Barret para defender su patrimonio.

Al dejarlos ir, los militares debieron apegarse, supongo, a sus protocolos para el resguardo de las multicitadas armas, sin embargo, al parecer entran en un estado de confiabilidad producto de investidura que les da portar el uniforme de Soldado; que portan un arma y que están desarrollando una actividad de seguridad para el pueblo, la disuasión por ser militares ya no es suficiente.

En cuestión de minutos, la turba rompió el espacio vital de los soldados y lo que siguió lo vimos a través de redes sociales y medios de comunicación como los humillaron y forzaron a la autoridad superior, a entregar el decomiso y obligaron al Presidente López Obrador, en su mañanera, a exonerar la humillación de los militares cono un acto heroico y de prudencia que evito derramamiento de sangre, dijo.

Y bueno, algunos se la creyeron y otros iniciaron especulaciones sobre la vulnerabilidad del ejército en tareas minias y básicas como son los operativos en carreteras y caminos, la ofensa a los militares por el bochornosos evento no sólo fue para el ejército, sino para todo los mexicanos que creen y confían en sus fuerzas armadas el último recurso que tienen los ciudadanos en el anhelo de la pacificación del país.

Y apenas digiriendo el mal momento y el descuido de los soldados que tuvieron que apechugar la ofensa, los mexicanos en medio de justificaciones, explicaciones y exoneraciones de los soldados, con consabido “bueno” fue un descuido en la estrategia de los operativos, en el estado de Guerrero algunos cientos de campesinos, de 27 comunidades, sitiaron y tomaron por asalto la base militar, reteniendo a unos 20 soldados y policías estatales a los que exigieron la entrega de fertilizantes. Los campesinos exigieron la presencia del delegado federal, Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros, y advirtieron que de no resolverse su demanda, entonces no liberarían a los soldados, y policías, por lo que permanecerán ahí el tiempo que sea necesario.

Nuevamente las lecturas que emergen de los hechos en donde la población reta, definitivamente a la fuerza militar, es porque saben que esa fuerza militar no es tal, los soldados en campo son un símbolo del interés del estado por controlar la inseguridad, violencia, delincuencia organizada, “narcotráfico” y menciono este último delito porque da la casualidad que esos campesinos de la sierra guerrerense se dedican, ni más ni menos, a la siembra, producción y comercialización de la amapola en esa región, saque usted mismo las conclusiones de los eventos.

Que estos dos que narramos en este comentario se  suma la del accidente mortal del Huachicol, que fue el primer evento donde los soldados nada pudieron hacer para detener  la población civil, con las consecuencias ya conocidas.

Suburbio 1

Cambios en el municipio para seguir igual, los funcionarios removidos, solo los cambiaron de lugar.

fl.carranco@gmail.com

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