Por  David Martín del Campo.- Estaba por cumplir 63 años, por lo que no era más, lo que se dice, un chamaco. Armando Vega Gil fue un ser de excepción. Trashumante noctívago, zombie agonizante, en la descripción que hizo de sí para un programa de cine, se pintaba que ni qué: Armando siente que no vale nada, “y si me atropellan, la gente al pasar va a decir, mira, alguien se vomitó”.

 Hace días fue la noticia de los medios. A las cuatro de la madrugada salió de su depa en la colonia Narvarte, buscó un árbol, se colgó con un alambre. Así lo hallaron los barrenderos cuando ya amanecía. Dejó una carta expiatoria donde se hacía responsable de su acto. “Mi vida está detenida, no hay salida. Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí(…) Debo aclarar que mi muerte no es una confesión de culpabilidad, todo lo contrario, es una radical declaración de inocencia”.

    ¿Qué había ocurrido?

    A fines de marzo comenzó a circular en Twitter una denuncia anónima en la que una mujer (supuestamente) declaraba que diez años atrás Vega Gil la había violado a la edad de trece años (supuestamente), por lo que inició una descomunal ofensiva reticular. Fue algo heredado por las campañas mediáticas del “me too” que iniciaron con las denuncias contra Harvey Weinstein, el productor acusado por varias actrices del acoso que practicó para “facilitar“ su desarrollo actoral.

    El movimiento se ha expandido de modo enfebrecido. Acusaciones por aquí, señalamientos por allá… y protagonistas del medio como Roman Polansky, Woody Allen o Kevin Spacey, que ahora difícilmente pueden asomar cabeza en un lugar público. Sus osadías íntimas han saltado a la red, y ahora purgan la culpa en el fuego lento de la leña verde.

    El problema de fondo es que ha muerto el secreto. La intimidad sigilosa de antaño no existe más. Ahora toda aproximación de corte, digamos, libidinoso, es motivo para ser lanzado a los cinco vientos del ciclón del tweeter, youtube y facebook. Nadie se salva.

    Con ello no pretendemos sugerir que las cosas antes fuesen mejor y que estaban muy bien los acosos de prealcoba, el hostigamiento oficinesco y las citas confidenciales para ganarse el ascenso laboral. “Dando y dando”, era la norma, y que nadie se entere. Ahora es distinto. Los acosadores se la juegan de salir grabados con cualquier celular, todo mundo terminará por enterarse con el toque de una tecla de mi Iphone.

    Botellita de Jerez fue una banda tremenda que irrumpió con mucha frescura en el medio rockero mexicano. El bajista fundador era Vega Gil, quien junto con el “Mastuerzo” (Francisco Barrios) y Sergio Arau, cautivaban a las multitudes en conciertos a todo lo ancho del país. Y las infaltables “grupies” que acompañaban a la banda, soportándolo todo, aguantando con estoicismo el precio de la fama y el amor a 140 por hora.

    Siempre han sido. Las giras de las bandas no son muy distintas al trashumar de las tribus prehistóricas. Allá iban, cargando las guitarras y los bafles, la pierna del búfalo y las tripas, en pos del siguiente concierto o la carga contra la manada de antílopes. Era la manera discreta de hacer la guerra sin ocasionar muertes. “Guaca rock”, “¡Saca!” o “¡Alármala de tos!”, fueron piezas inaugurales que el grupo debía repetir una y otra vez en sus conciertos.

    Armando Vega, sin embargo, era más inteligente que simplemente bajista. Egresado de la carrera de Antropología, también incursionó en el medio cinematográfico (fue guionista y actor) y en la literatura para chavos. No éramos precisamente amigos, nos veíamos en los encuentros del medio literario –yo con cierta envidia, debo confesarlo– y nos saludábamos con la correcta afabilidad del caso.

    La noticia de su suicidio nos conmovió. Ojalá sea recordado más por sus libros, sus desplantes provocadores y sus películas, que por la triste y desesperada decisión de la madrugada del lunes 1 de abril. La fama, ya lo decíamos, tiene su precio, pero lo mismo que una colmena atiborrada, las abejitas se ven atraídas voluptuosamente por esos ogros de rebeldía y desenfreno –¿no votamos así el 1 de julio?–, de manera que el palomazo ha concluido.

    No quiero imaginar la angustia, la culpa, la infinita desazón que carcomió el alma de Armando la noche de ese domingo. La vida que le esperaba iba a ser más que borrascosa, digamos que imposible para su espíritu libertino, así que decidió mejor bajar el switch. “Naco es chido”, fue la norma del grupo, y el nombre mismo de la banda,“Botellita de Jerez”, escondía el albur contra el que nos la mentaba:“Todo lo que digas será al revés”. Así hoy Armando Vega, supuesta o anónimamente, como los fantasmas de antaño, dobla los dedos en caracolito, y chirrín, tomen para sus tunas.

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